El sábado por la noche un hombre con título de Caltech, maestría en Ciencia de la Computación de Cal State Dominguez Hills, profesión de diseñador de videojuegos donde el usuario dispara y ataca, premio al maestro del mes en C2 Education, ahorros suficientes para pagar tres armas, un viaje en tren de Los Ángeles a Washington y una habitación reservada con anticipación en el Washington Hilton, envió a su familia un manifiesto firmado como «el Asesino Federal Amistoso» aproximadamente diez minutos antes de abrir fuego en la cena de los corresponsales de la Casa Blanca. Cole Tomas Allen tiene 31 años. Su perfil profesional es el de un hombre con futuro. Su perfil ideológico es el de un hombre que decidió cancelar ese futuro por una idea, y dejó por escrito el orden de prioridad con que pensaba ejecutarla.
Lo que pasó en el Hilton no es una anécdota. Es un fenómeno con literatura académica de dos décadas, con datos cuantitativos, con marcos explicativos rigurosos. Y es un fenómeno que en las últimas semanas ha empezado a converger con un ecosistema discursivo transnacional que normaliza la violencia política como instrumento legítimo. Vale la pena entenderlo en serio antes de hablar de elecciones, porque las elecciones son la consecuencia, no la causa.
I · El patrónEl ingeniero como perfil sobre-representado en la violencia política
En 2016, la editorial de Princeton publicó un libro que debería ser lectura obligada para cualquier persona que tome en serio el problema del extremismo violento. Se llama Engineers of Jihad. Lo escribieron Diego Gambetta, profesor de teoría social en el European University Institute y fellow de Nuffield College en Oxford, y Steffen Hertog, profesor de política comparada en el London School of Economics. La metodología es severa: 497 individuos, 35 nacionalidades, 36 grupos islamistas, tres décadas de datos.
El hallazgo central es duro. Entre los extremistas islamistas con educación universitaria, los ingenieros están sobre-representados de manera estadísticamente significativa. No por dos puntos. Por un orden de magnitud. Y la sobre-representación se replica en extremismo de derecha estadounidense y europeo. Donde no se replica es en extremismo de izquierda, donde dominan las humanidades y las ciencias sociales. Esa es la primera complicación que el caso Allen introduce: un ingeniero de Caltech militando en grupos clasificados habitualmente como izquierda anti-Trump rompe la línea analítica tradicional.
La segunda complicación es la explicación. Gambetta y Hertog dedican varios capítulos a descartar la hipótesis simple, que la gente repite sin haber leído el libro: que los ingenieros saben hacer bombas. No. Los reclutadores no los buscan por habilidades técnicas. Los buscan, o los ingenieros se auto-seleccionan, por algo más profundo: una estructura mental específica. Los autores la describen con cuatro rasgos que aparecen con frecuencia anómala en estudiantes y graduados de ingeniería. Propensión al disgusto frente a la ambigüedad moral. Necesidad de cierre cognitivo, esto es, intolerancia a las preguntas sin respuesta. Distinción rígida entre dentro del grupo y fuera del grupo. Y simplismo, la tendencia a buscar explicaciones únicas y limpias para fenómenos sociales complejos.
Esos cuatro rasgos, dice la literatura, predisponen tanto a la elección de la ingeniería como carrera, como a la susceptibilidad a marcos ideológicos absolutistas, sean del signo que sean. Cuando un sistema social ofrece a esa estructura mental una narrativa que lo explica todo y un enemigo que personifica el problema, el ingeniero radicalizado no es una anomalía. Es el resultado esperado.
II · La paradoja del cerebroMás educación, más datos, menos resistencia ideológica
Aquí está la paradoja que el sistema educativo estadounidense ha resistido enfrentar. Estados Unidos produce, año con año, los mejores ingenieros del mundo en universidades como Caltech, MIT, Stanford y Carnegie Mellon. La inversión por estudiante en estas universidades es la más alta del planeta. Las admisiones son las más selectivas. Los premios al maestro del mes, los GPA perfectos, las cartas de recomendación de premios Nobel, todo apunta a que estos individuos son lo mejor que el país puede producir en términos cognitivos.
Y sin embargo. Los datos de radicalización política indican que tener un doctorado en ingeniería mecánica de Caltech, una maestría en ciencia de la computación, no inmuniza contra la captura ideológica. Al contrario, en algunos casos la facilita. Erin Cech, socióloga de la Universidad de Michigan, publicó en 2014 un estudio que sigue sin recibir la atención que merece. Mostró que los estudiantes de ingeniería pierden capacidad de razonamiento moral conforme avanzan en la carrera. No la mantienen. La pierden. La aculturación profesional de la ingeniería los entrena para resolver problemas técnicos a costa de su capacidad para evaluar dilemas éticos complejos.
Combine esa pérdida medida con cuatro años de inmersión en una universidad donde, por presión social, presión académica y presión institucional, la única narrativa políticamente respetable es la del progresismo identitario radical, y obtiene un perfil claro. Un cerebro entrenado para buscar soluciones limpias a problemas complejos, sin la formación moral para reconocer cuándo una solución limpia es en realidad una atrocidad disfrazada, expuesto durante una década a un marco ideológico que le dice que el sistema es ilegítimo y que el presidente es un enemigo del orden moral universal. Cole Allen es lo que el sistema produce cuando produce a un Cole Allen.
III · El ecosistema discursivo transnacionalCómo el lenguaje de la violencia legítima cruza fronteras
Aquí entra la dimensión que se está ignorando en la cobertura estadounidense del caso Allen, y que sin embargo es la que da contexto geopolítico al fenómeno. La radicalización individual ocurre en cabezas individuales, sí. Pero ocurre dentro de un ambiente discursivo. Y el ambiente discursivo de la izquierda anti-Trump occidental ha venido siendo alimentado, durante al menos quince años, por al menos tres arquitecturas ideológicas externas que comparten vocabulario sin necesariamente coordinarse.
La primera es la red de operaciones de información asociadas al gobierno de Irán. Press TV, Tasnim News, redes de cuentas en redes sociales operadas desde el IRGC, agencias de noticias afiliadas. El Departamento del Tesoro estadounidense ha emitido sanciones documentadas contra estas operaciones en 2023, 2024 y 2025 por interferencia en discurso político estadounidense. El vocabulario que utilizan, traducido al inglés, es indistinguible del vocabulario que circula en redes de extrema izquierda anti-imperialista. Trump como tirano, Estados Unidos como régimen, la administración como estructura de opresión racializada. No están inventando ese discurso. Lo están amplificando porque coincide estructuralmente con sus intereses geopolíticos.
La segunda es el Foro de São Paulo, organización política real fundada en 1990 por Lula da Silva y Fidel Castro, que agrupa a partidos de izquierda latinoamericanos. Morena en México, el PT en Brasil, el MAS en Bolivia, el Frente Amplio en Uruguay, el Partido Comunista de Cuba, partidos venezolanos del chavismo. No es organización clandestina. Tiene reuniones públicas anuales. Sus documentos finales son consultables. Y el vocabulario consistente de esos documentos, durante tres décadas, ha sido el de la lucha contra el imperialismo estadounidense, la denuncia del sistema electoral norteamericano como ilegítimo, el marco de Estados Unidos como amenaza estructural a la soberanía latinoamericana.
La tercera es el ecosistema occidental de movimientos anti-autoritarios reconfigurados durante el primer mandato de Trump y reactivados con su retorno. No Kings, Wide Awakes contemporáneo, Refuse Fascism, By Any Means Necessary, redes universitarias asociadas. Son organizaciones legales, con derecho legítimo a protestar, y la inmensa mayoría de sus miembros nunca recurrirá a la violencia. Pero el marco discursivo que producen, el frame del rey ilegítimo contra el cual la resistencia es deber moral, es exactamente el frame que un Cole Allen radicalizado va a encontrar disponible cuando su mentalidad de ingeniero busque una explicación simple para un problema complejo.
Estas tres arquitecturas no están coordinadas operacionalmente. No hay un comando central. Pero comparten vocabulario. Y un cerebro entrenado para buscar coherencia, expuesto durante años a un vocabulario consistente desde tres frentes geográficos distintos, va a concluir que el vocabulario describe una realidad. Cuando ese cerebro decide actuar individualmente sobre esa conclusión, el sistema produce un atacante con manifiesto. No por conspiración. Por convergencia.
IV · La weaponización ideológica de la cienciaDe Caltech al Washington Hilton
Lo que distingue al fenómeno actual de los casos históricos que estudiaron Gambetta y Hertog es que ahora el sistema universitario estadounidense, que produce a estos ingenieros, ha sido capturado por marcos ideológicos que activamente entrenan al ingeniero para verse a sí mismo como agente moral en una guerra cultural. Antes el ingeniero radical era una desviación del sistema. Ahora es, en muchos campus de élite, su producto deseado.
Estudios de la propia Caltech sobre clima de campus muestran un colapso medible en las últimas dos décadas en la diversidad ideológica del cuerpo docente y administrativo. Lo mismo en MIT, en Stanford, en Berkeley. Los datos de FIRE, Foundation for Individual Rights and Expression, documentan que más del setenta y cinco por ciento del profesorado de ingeniería en universidades top se identifica como progresista. La proporción de profesorado conservador o moderado, en algunas áreas, es estadísticamente cero. Esa no es una composición universitaria. Es una monocultura intelectual. Y las monoculturas intelectuales no producen ciudadanos críticos. Producen creyentes.
Cuando un creyente con título de ingeniero decide aplicar las herramientas de su disciplina, el pensamiento sistemático, la ejecución meticulosa, la planeación de plazos largos, a un problema que su sistema discursivo le ha descrito durante una década como existencial, el resultado es lo que vimos el sábado en el Hilton. Una escopeta comprada ocho meses antes. Entrenamiento metódico en un campo de tiro. Un viaje cross-country diseñado para evadir patrones de detección. Una habitación reservada con anticipación. Un manifiesto redactado con la pulcritud que el sistema le entrenó a producir. La ingeniería aplicada al magnicidio.
IV bis · El manifiestoLo que el atacante escribió diez minutos antes de disparar
El manifiesto que Allen envió por correo electrónico a familiares aproximadamente diez minutos antes del ataque, y que un familiar entregó a la policía, materializa con precisión clínica todo lo que la sección anterior describió en abstracto. Vale la pena leer las citas que distintos medios estadounidenses han publicado, porque hay diferencia entre saber que existió un manifiesto y leer su contenido.
El primer pasaje es una declaración de auto-justificación moral construida en clave religiosa invertida. Allen escribió, según el documento al que tuvo acceso un funcionario federal: «Poner la otra mejilla es para cuando uno mismo está oprimido. Yo no soy la persona violada en un campo de detención. No soy el pescador ejecutado sin juicio. No soy el escolar volado por los aires, ni el niño hambriento, ni la adolescente abusada por los muchos criminales en esta administración». La estructura es la de un creyente que ha invertido el principio cristiano de no-resistencia para legitimar su transformación en agente de violencia. La auto-mitificación tiene nombre: Allen se firma como «el Asesino Federal Amistoso», denominación que pertenece más al universo del videojuego que al lenguaje político real, y que es exactamente el tipo de constructo que un diseñador profesional de videojuegos de disparos transferiría a su autoconcepción cuando el sistema discursivo le ha convencido de que su pantalla y su realidad son extensiones del mismo problema.
El segundo pasaje es operacional. Allen documentó haber sentido al entrar al hotel un «sentido de arrogancia» en la seguridad. «Camino con múltiples armas y nadie ahí considera la posibilidad de que yo pueda ser una amenaza. La seguridad del evento está toda afuera, enfocada en manifestantes y en quienes llegan, porque aparentemente nadie pensó qué pasa si alguien hace check-in el día anterior». Es la mente del ingeniero aplicada a la vulnerabilidad de un dispositivo de seguridad. Es exactamente el modo de razonar que Gambetta y Hertog identificaron como el rasgo del extremista técnico: ver un sistema, identificar el punto de falla, ejecutar.
El tercer elemento es la lista priorizada. Según fuentes citadas por NewsNation y The New York Post, el manifiesto contenía una sección titulada en sustancia: «Funcionarios de la administración (sin incluir al Sr. Patel): son objetivos, priorizados de mayor a menor jerarquía». Allen excluyó explícitamente al director del FBI Kash Patel y declaró que no atacaría a fuerzas del orden, sólo a funcionarios civiles de la administración Trump. Esto importa por dos razones. La primera, que demuestra una racionalidad selectiva, no la confusión de un episodio psicótico. La segunda, que la distinción que hace Allen entre «funcionarios civiles legítimos de atacar» y «fuerzas del orden no-objetivo» reproduce, casi palabra por palabra, el marco discursivo de la izquierda anti-autoritaria contemporánea: el problema no es el aparato de seguridad sino la administración política que lo dirige. Es el lenguaje del manifiesto contra el rey, no el del incidente espontáneo.
El propio Trump, en su entrevista con Sunday Briefing de Fox News al día siguiente del ataque, calificó la motivación como «una cosa religiosa, fuertemente anti-cristiana». La caracterización es parcial pero no equivocada. Lo religioso, en el caso de Allen, no es teológico. Es la inversión militante de un marco moral, que el atacante traduce a la convicción de estar autorizado a ejecutar lo que en su sistema de creencias el orden establecido se niega a hacer. Es el patrón clásico de la radicalización secular con vocabulario religioso heredado: el terrorista revolucionario del siglo XIX, el militante del setecientos, el lobo solitario contemporáneo. El sistema produce el creyente. El creyente decide actuar.
V · El cálculo electoralProyección honesta hacia el 3 de noviembre
Aquí es donde tengo que decir lo que la cobertura partidista, en ambas direcciones, no quiere decir. La evidencia empírica sobre cómo eventos de violencia política mueven el voto en elecciones estadounidenses es mixta y contraintuitiva. No es que no afecte. Es que afecta menos de lo que la intuición sugiere, y por menos tiempo del que las campañas presumen.
El caso Reagan-Hinckley de 1981 es el canon. Dejó al presidente con un boost de aprobación de catorce puntos que duró meses y reconfiguró la narrativa de su mandato. Pero el contexto era otro: era 1981, había tres canales de televisión, no había redes sociales, no había ecosistema de polarización que pudiera convertir el atentado en arma de cualquiera de los dos lados. Era un evento nacional vivido nacionalmente.
El caso Butler-2024 es el contemporáneo. Trump recibió un boost en encuestas de aproximadamente cuatro puntos durante diez días. Para la tercera semana, el efecto se había diluido. Para el día de la elección, los modelos sugieren que el atentado contribuyó con menos de un punto al margen final. La razón no es misteriosa: en un ambiente informativo fragmentado, cada lado interpreta el evento dentro de su marco preexistente. La mitad del país ve un mártir. La otra mitad ve, como vimos en el análisis de comentarios de Facebook que circuló esta semana, una operación montada. El evento confirma sesgos en lugar de cambiarlos.
¿Qué tendría que pasar para que el caso Allen mueva el voto en noviembre?
Mapa de sensibilidad · Cámara de Representantes 2026
Escenario base
Escenario intermedio
Escenario activo
VI · El cierreLa amenaza desde adentro
Estados Unidos enfrenta su amenaza desde adentro no porque importe el atacante, sino porque el sistema que produce al atacante sigue operando. El sistema universitario que entrena cerebros sin formación moral. El sistema discursivo que normaliza el lenguaje de la lucha contra un rey ilegítimo. El sistema mediático que convierte cada evento de violencia en material partidista antes de que las autoridades hayan terminado de procesar la escena. El sistema político que no tiene incentivos para desescalar porque la escalada es lo que financia campañas en ambos lados.
El caso Cole Allen es el síntoma. La enfermedad es estructural. Y la enfermedad se cura, si se cura, no con condenas a un atacante, sino con cambios en el sistema que produce atacantes. Eso significa diversidad ideológica real en el cuerpo docente de las universidades de élite. Significa la recuperación del razonamiento moral como componente formal del currículo de ingeniería. Significa la reducción del vocabulario de deslegitimación absoluta en el discurso político mainstream. Significa la decisión, en cada lado, de tratar al adversario como adversario y no como enemigo existencial.
Nada de eso va a ocurrir antes del 3 de noviembre. Por eso las elecciones intermedias se van a definir, en gran medida, sobre el suelo que el caso Allen dejó. No por el caso en sí, que va a tener efecto modesto y temporal. Sino por lo que el caso revela del sistema que lo produjo. Los electores que sí lean el caso como síntoma del sistema, y no como anécdota, son los que van a mover el margen. Cuántos sean, cuán sostenida sea la lectura, cuán hábiles sean las dos campañas para apropiarse de ese marco, eso es lo que aún no se sabe.
Lo que sí se sabe es lo siguiente. Estados Unidos produce, entre los mejores cerebros del planeta, una proporción que no es despreciable de individuos dispuestos a destruir su propia vida y a alterar el rumbo del país por una idea. Esa proporción no se reduce con más educación. Se reduce con mejor educación, con educación que recupere lo que las instituciones técnicas perdieron en las últimas dos décadas. Mientras esa recuperación no ocurra, el país va a seguir produciendo Cole Allens. Y el ecosistema discursivo transnacional, indiferente a la coordinación operacional, va a seguir proporcionándoles vocabulario.
El miércoles publico el dossier sobre Andrés Manuel López Obrador y la utilización de la Guardia Nacional. Es un capítulo distinto del mismo problema. Mientras tanto, Estados Unidos tiene cuatro días para empezar a ver lo que tiene enfrente.